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| Imagen: Pixabay - CC0 Public Domain |
Cuando el calendario marca 31 de octubre, quienes nos sentimos
herederos de la Reforma protestante aprovechamos la ocasión para
conmemorar. Dicha conmemoración desde luego implica también sacar a la
luz qué interpretación tiene cada uno de la Reforma: qué es lo que se
celebra en ella o qué elementos de ella considera cada uno de
importancia para el cristianismo actual o para el mundo contemporáneo.
Una buena parte de las frases que entonces circulan por las redes
sociales y en los afiches conmemorativos ensalzan a la Reforma como un
hito en el establecimiento de la democracia, como el comienzo del ideal
moderno de autonomía, como un modelo no institucional de religión, como
una salida del oscurantismo medieval, como un primer atisbo de libertad
de pensamiento y tolerancia, como una generalizada liberación que habría
llevado también al mayor desarrollo económico de los países
protestantes (la semana pasada me crucé con cada una de estas
afirmaciones, que no son muy distintas de cierto género de
interpretación del Concilio Vaticano II entre los católicos). Desde
luego hay también quienes enfatizan sólo aspectos teológicos, como la
doctrina de la justificación o la comprensión de la autoridad de las
Escrituras. Pero creo correcto decir que cuando alguien aventura
afirmaciones que impliquen también algo sobre el papel de la Reforma en
el desarrollo cultural de Occidente, son afirmaciones del tenor de las
que acabo de enumerar. Lo que a continuación quiero explicar es por qué
creo que, sobre todo expresadas en ese grado de generalidad, se trata
de afirmaciones equivocadas.