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C. S. Lewis y Dietrich Bonhoeffer como modelos de vida universitaria

Por Manfred Svensson, Chile 

Dietrich Bonhoeffer
¿Qué dirían C. S. Lewis y Dietrich Bonhoeffer sobre la actual crisis educacional chilena? La respuesta es muy simple: no sé. No tengo la menor idea de lo que dirían, y especular siempre puede tornarse en una peligrosa manipulación de los autores. Ambos fueron hombres preocupados por la educación, desde luego, pero estaban en un contexto distinto al nuestro. Piénsese en el siguiente ejemplo: Lewis escribió en una ocasión que la expresión “educación democrática” es riesgosa por ambivalente: tal frase podía implicar “educación que le gusta a los demócratas”, o “educación que contribuye a fortalecer la democracia”. Estas dos cosas pueden no ser idénticas, ya que puede haber cierto sentimiento democrático que promueva un tipo de educación en realidad nociva para la democracia. La pérdida de autoridad de los maestros, por ejemplo, puede ser acorde a un gusto democrático, pero puede debilitar a la democracia. Este tipo de reflexiones pueden tener elementos sumamente actuales, y creo que vale la pena

Dietrich Bonhoeffer: más allá del heroísmo romántico [i]

Por Manfred Svensson, Chile 

Imagen: Pixabay -  CC0 Public Domain
Conferencia dictada a la Confraternidad Judeocristiana de Chile en mayo 2012.

1. Introducción

Dietrich Bonhoeffer nació en Berlín en 1906. Provenía de una familia importante en la vida académica del país, y podría haber seguido un camino similar. Todo indicaba que, de hecho, así sería. Pero la historia es conocida: se vio pronto implicado en las controversias entre parte de la iglesia –aquella que conocemos como “iglesia confesante”- y el régimen nacionalsocialista; muy temprano, además, tenía claro que sus conflictos no acabarían ahí: a Erwin Sutz, un amigo teólogo de Suiza, le escribe en 1936 lo siguiente:
“Lo que ocurre con la Iglesia en Alemania usted lo sabe tan bien como yo. El nacionalsocialismo ha logrado imponer consecuentemente el fin de la Iglesia en Alemania. […] Y aunque trabajo con todas mis fuerzas en la oposición eclesiástica, tengo totalmente claro que dicha oposición sólo es algo pasajero, un paso previo a una oposición totalmente distinta, y que muy pocos de los hombres de la primera oposición serán también de la segunda. Y creo que toda la Cristiandad debería estar orando porque lleguemos a y que se encuentre para ello los hombres necesarios”[ii].

Para leer la Reforma Protestante | Por Manfred Svensson

Monumento a Martín Lutero en Dresden, Alemania (Imagen: Pixabay)
En El dios que no nació, una lúcida guía para entender la relación entre religión y política en el Occidente moderno, Mark Lilla escribía que hoy hemos progresado de un modo que nos lleva de regreso al siglo XVI, con sus preguntas "sobre revelación y razón, pureza dogmática y tolerancia, inspiración y consentimiento, deber divino y simple decencia". 

No cabe mucha duda de que este retorno de la religión es al menos un factor en las patentes dificultades de la elite contemporánea para comprender el mundo que pretende dirigir: hemos vuelto a discusiones que apenas conocemos. Lo confesaba hace poco un director ejecutivo del New York Times: "No captamos la religión, no entendemos su papel en la vida de la gente". El año 2017, con su quinto centenario de la Reforma Protestante, nos puede tal vez servir de ocasión para al menos intentar entender esta parte del cristianismo moderno. Para el que quiera embarcarse en esa tarea, vayan las siguientes recomendaciones.

Reforma protestante y mundo moderno. Algunos lugares comunes | Por Manfred Svensson

Imagen: Pixabay -  CC0 Public Domain
Cuando el calendario marca 31 de octubre, quienes nos sentimos herederos de la Reforma protestante aprovechamos la ocasión para conmemorar. Dicha conmemoración desde luego implica también sacar a la luz qué interpretación tiene cada uno de la Reforma: qué es lo que se celebra en ella o qué elementos de ella considera cada uno de importancia para el cristianismo actual o para el mundo contemporáneo. Una buena parte de las frases que entonces circulan por las redes sociales y en los afiches conmemorativos ensalzan a la Reforma como un hito en el establecimiento de la democracia, como el comienzo del ideal moderno de autonomía, como un modelo no institucional de religión, como una salida del oscurantismo medieval, como un primer atisbo de libertad de pensamiento y tolerancia, como una generalizada liberación que habría llevado también al mayor desarrollo económico de los países protestantes (la semana pasada me crucé con cada una de estas afirmaciones, que no son muy distintas de cierto género de interpretación del Concilio Vaticano II entre los católicos). Desde luego hay también quienes enfatizan sólo aspectos teológicos, como la doctrina de la justificación o la comprensión de la autoridad de las Escrituras. Pero creo correcto decir que cuando alguien aventura afirmaciones que impliquen también algo sobre el papel de la Reforma en el desarrollo cultural de Occidente, son afirmaciones del tenor de las que acabo de enumerar. Lo que a continuación quiero explicar es  por qué creo que, sobre todo expresadas en ese grado de generalidad, se trata de afirmaciones equivocadas.

Liberalismo pop evangélico | Por Manfred Svensson


Hay un relato evangélico siempre presente para explicar lo que le ha ocurrido a otras iglesias: decimos que se volvieron teológicamente liberales, y que acto seguido se vaciaron sus iglesias. Ahora bien, mucha gente razonable cree que esta explicación es falsa. Yo creo que es verdadera. Pero concedo que suele tener algo de falsa en boca de quienes la pronuncian. Y el error, según creo, se encuentra en lo que en tal frase se entiende por liberalismo.

El otro compositor protestante | Por Manfred Svensson

Para escuchar a Félix Mendelssohn
Felix Mendelssohn, 1809 - 1847
Tal como, en una de esas notables coincidencias de la historia intelectual, Tomás de Aquino y Buenaventura fallecieron en 1274, habiendo llevado en cierto sentido a su máxima expresión el pensamiento medieval, asimismo en 1685 nacieron Bach y Haendel, tras llevar la música del siglo XVII a un nivel de perfección que hoy nos resulta tan lejano y abrumador como las Sumas Teológicas del medioevo. No hay pues que extrañarse si en el protestantismo tenemos cierto orgullo por nuestra tradición musical, suficiente como para que más de uno se jacte de esta tradición incluso antes de haber oído alguna vez algo de estos compositores –como algunos católicos que nos refieren a la grandeza de Tomás sin haberlo tampoco leído.

Los 171 puntos del calvinismo | Por Manfred Svensson

Juan Calvino (1509 - 1564)
Cuando alguien intenta explicar qué es el calvinismo, no es poco común que recurra a los famosos cinco puntos: depravación total, elección incondicional, expiación limitada, gracia irresistible y perseverancia de los santos – TULIP, según el famoso acróstico inglés. Ahora bien, como estos cinco puntos surgen de una controversia de comienzos del siglo XVII, zanjada en el Sínodo de Dort entre 1618 y 1619, por supuesto no encontraremos nada parecido a tal enumeración en los calvinistas del siglo XVI, ni menos en Calvino. Pero significativamente, tampoco es muy común encontrarlo en los calvinistas inmediatamente posteriores a Dort, en los autores del resto del siglo XVII. Uno puede decir que los grandes entre ellos –Owen, Turrettini, etc.- se movían dentro del marco de estos cinco puntos, los afirmaban y defendían en el contexto polémico correspondiente, pero no los mencionaban como lo particularmente distintivo, no los usaban como introducción para explicar la naturaleza de la visión reformada del cristianismo.

Dos tipos de realismo | Por Manfred Svensson

Parece evidente que quien obra en el “mundo real” –aconsejando a matrimonios en crisis, a personas que sufren, etc. – habla con más propiedad que el que solo teoriza sobre la naturaleza del matrimonio o del sufrimiento. Y desde luego en algunos casos su desdén por el teórico es justificado. Pero no siempre, y una de las formas a mi parecer injustificadas es precisamente la que acentúa esta pretensión de “mundo real”, de “realismo” del hombre práctico, que ve lejanos los absolutos de los que hablan otros, y que para aconsejar en el mundo real no ve más solución que la de abandonar tales exigencias al abstracto “mundo del deber”, en el que no habitan los del “mundo real”. Esto toma diversas formas en distintos momentos de la historia, y uno de los campos en que se oye hoy con frecuencia es la ética sexual.

En defensa de la mediación | Por Manfred Svensson

Artículo publicado originalmente en Lupa Protestante

Si oímos hoy la palabra “mediación”, nos hace pensar en una persona dedicada a la mediación familiar –tal vez el único campo en que existe programas de postgrado en mediación. Pero dichos programas parecen un singular monumento a una práctica que en realidad está ausente, o a la defensiva, en el resto de nuestra vida. Piénsese, por lo pronto, en los diversos movimientos ciudadanos de los últimos tiempos. Trátese de la educación o del medioambiente, y al margen de cuán positiva o negativamente evaluemos cada uno de los puntos defendidos por los movimientos en cuestión, tienen como factor común el responder a o anhelar cierto modelo de democracia directa, inmediata; y las instancias de mediación, cuando las hay, tienen a venirse abajo con rapidez y a ser desprestigiadas por constituir escenarios en que se está cediendo.

Esto no es extraño si se piensa, por ejemplo, en el papel desempeñado por los medios sociales en la política contemporánea: puedo poner una encuesta en Facebook, y en pocos días lograr que miles de personas manifiesten su adhesión a una posición, con un inmediato “me gusta”, sin pasar por las arduas y muchas veces oscuras negociaciones de pasillo de la vieja política: lo inmediato parece no sólo más eficiente, sino incluso más transparente. A quienes han crecido con eso les debe parecer intolerable que, al margen de su encuesta de Facebook, haya que esperar uno o dos años más para tener una elección regular, y que dicha elección regular esté contaminada por todos los otros elementos de la política clásica, en lugar del carácter inmediato de una asamblea popular. No tarda así en que las posiciones se extremen, y acabamos pronto encontrándonos con el curioso fenómeno de que las iglesias se ofrezcan como mediadoras. Ahora bien, no es extraño ni está fuera de lugar que las iglesias se ofrezcan como mediadoras, como pacificadoras en situaciones extremas. Lo curioso es que esto aparezca como medida extraordinaria y como algo proveniente de fuera del campo político; y no para volver a unir a un país tras una guerra civil, sino para solucionar las más cotidianas tareas de la política. Que en el corazón de la actividad política estén los esfuerzos por mediar parece así completamente olvidado.

¿Quién secuestró a Bonhoeffer? A propósito de la biografía de Eric Metaxas | Por Manfred Svensson

Recientemente se ha publicado en español la biografía de Bonhoeffer escrita por Eric Metaxas, “Bonhoeffer: Pastor, Mártir, Profeta, Espía”, libro cuya edición en inglés fue nombrado como el libro del año 2011 por parte de la asociación de editoriales evangélicas (ECPA), entre varios otros reconocimientos. Tales reconocimientos por supuesto conducen a renovada discusión no sólo sobre Bonhoeffer, sino en particular sobre el modo en que ha sido presentado por Metaxas. En concreto, un buen número de prestigiosos académicos ha puesto en duda la objetividad de esta biografía, alegando que Metaxas ha presentado un Bonhoeffer demasiado evangélico, domesticado para un público conservador, alejado de cualquier cosa que pueda ser remotamente calificada como liberalismo teológico o político. Clifford Green, uno de los editores de la edición inglesa de obras completas de Bonhoeffer, ha sugerido que un título más adecuado para esta biografía habría sido “Bonhoeffer secuestrado”. Y la cuestión ciertamente merece ser discutida, porque hay consenso en que ha sido secuestrado. ¿Por quién?

Mi primer recuerdo personal respecto de Bonhoeffer se corresponde muy bien con la imagen popular que espero el libro de Metaxas contribuya a erradicar: iba en la locomoción pública con un conocido que dirigía un grupo de jóvenes en una iglesia, cuando éste me dijo que se estaba dando cuenta de que no había que dedicarse tanto a la teología, sino más bien a la praxis; según aclaró, había aprendido eso leyendo recientemente teología de la liberación y a Bonhoeffer. Creo que fue la primera vez que escuché el nombre de este teólogo alemán. Y naturalmente no me causó mayor interés por leerlo. Pero al mismo tiempo me fui dando cuenta de que Bonhoeffer estaba en la dieta literaria de amigos bastante cuerdos, de modo que al poco tiempo empecé a leerlo. El tiempo pasado en Alemania agudizó además mi preocupación por el período en que le tocó vivir, y mientras más lo leía, más increíble me parecía la distancia entre la obra de Bonhoeffer y la imagen popular de “teólogo de la democracia liberal” o “Che Guevara luterano”. Mi sorpresa terminó convirtiéndose en un libro.

¿Moral sexual o moral social? | Por Manfred Svensson

¿Qué nos debiera preocupar más, la foto de dos hombres besándose, o la foto de un niño padeciendo hambre en África? Ese tipo de preguntas, y el conjunto de liviandades que a diario toca escuchar sobre la presunta concentración del cristianismo en la ética sexual en lugar de la ética social, tienen la pretensión de estar corrigiendo un desequilibrio en la reflexión moral cristiana. Pero cabe preguntarse si tal desequilibrio efectivamente ha existido. Si la respuesta a esa pregunta es negativa, cabe luego preguntarse qué es lo que realmente revela la contraposición entre ética social y sexual.

Vamos a lo primero, la cuestión de si de hecho ha existido tal desequilibrio. Creo que el sólo hecho de plantear de modo audible la pregunta nos puede ayudar a abrir los ojos, de modo que dejemos de lado ese tipo de generalizaciones lapidarias sobre la historia del cristianismo. Quienquiera que esté familiarizado, aunque sea mínimamente, con algún periodo de la historia del cristianismo –con la iglesia antigua o la medieval, con la Reforma o el pietismo- sabe que la magnitud de la obra social cristiana es gigantesca. Si tenemos la percepción de que ha habido un desequilibrio, eso puede deberse a que estemos repitiendo acríticamente un invento, o bien puede responder a cierta realidad: a la realidad de que unas dos generaciones atrás tal desequilibrio sí puede haber existido. Pero proyectar los errores de la generación antepasada hacia atrás, como si fueran representativos de toda la historia del cristianismo, es un error garrafal (aunque es uno fácil de cometer en épocas tan carentes de conciencia histórica como la nuestra). Con esto no quiero negar que haya habido también a lo largo de toda la historia dificultades para lidiar de un modo correcto con la enseñanza sobre la sexualidad. Ciertamente las ha habido, pero no como algo excepcional, sino tal como las ha habido respecto de casi cada área de la vida humana.

Por si me tratan de conservador... | Por Manfred Svensson

Con la palabra “conservador” ocurren muchas cosas curiosas, que en parte pueden ser vistas con solo echar una mirada a un par de iglesias evangélicas. En efecto, no es nada extraño que en el mundo evangélico iglesias con una liturgia muy tradicional sean denostadas con el epíteto de conservadoras; pero también son las iglesias litúrgicamente más “modernas” las que una y otra vez son calificadas de conservadoras por las posiciones que muchas veces sostienen en discusiones morales. En efecto, el protestantismo presenta en muchos casos esta peculiaridad: parece (si bien no siempre es así) que a mayor conservadurismo litúrgico, mayor liberalismo moral, y viceversa. Supongo que a muchos católicos esto les debe resultar otro aspecto incomprensible (¡otro más!) del protestantismo: en la Iglesia Católica al menos se puede presumir que quien sigue el rito tridentino sigue también las enseñanzas de la encíclica Humanae Vitae; entre nosotros, en cambio, cualquier observador superficial podría imaginar que es exactamente al revés (y tendrá razón en un buen número de casos). Quienes intenten explicar esto, pueden responder que la cuestión se resuelve de un modo sencillo: la mayoría de los evangélicos está simplemente usando las formas de expresión y las tecnologías más avanzadas, para llevar adelante la difusión del mensaje antiquísimo de nuestra creación, caída y redención. Serían algo “progre” respecto de la forma, pero conservadores respecto del fondo -y en eso no habría problema alguno. Salvo, por supuesto, que tal separación de forma y fondo no sea tan sencilla como parece.

¿Una universidad evangélica en Chile? Una idea digna de discusión | Por Manfred Svensson

Ocasionalmente se escucha en el medio evangélico sobre planes de erigir una universidad propia. Así ha sido por décadas, por lo que a veces es difícil saber cuándo se está ante sueños y cuándo ante planes concretos. Pero trátese de lo uno o de lo otro parece una idea digna de discusión. ¿Por qué se quiere tal tipo de universidad? ¿Qué tipo de bien se busca hacer a la sociedad y a nuestra fe?

Conviene partir por señalar que las universidades evangélicas son un tipo de institución cuyo aporte a la sociedad contemporánea puede ser formidable. Instituciones como la Universidad de Baylor, Wheaton College o Calvin College son hoy pilares de una positiva influencia cristiana en el mundo. También en Latinoamérica ha habido situaciones en las que universidades evangélicas han hecho contribuciones notables. Así ocurre, por ejemplo, con varias universidades en países de Centroamérica. En el caso de Brasil, la Universidad Presbiteriana Mackenzie se ha logrado establecer como una de las mejores 100 universidades del continente. Que es posible hacer algo bueno, con frutos significativos, está fuera de toda duda. Pero importa mucho preguntarse por qué uno va a abrir una universidad, pues de eso depende en gran medida el tipo de universidad que se tendrá por resultado.

Los cristianos no pueden predicar en la plaza | Por Manfred Svensson

Los cristianos no pueden predicar en la plaza. Sé que suena a un veredicto muy severo, y que alguien (sobre todo si sólo ve el título) me acusará de estar atacando gratuitamente a algunos de los cristianos más fervientes, de esos que, como Pablo, no se avergüenzan del evangelio. ¿Acaso no veo la clase de personas abnegadas que son muchos de aquellos que predican en las plazas? Sí, lo veo. Mi duda no es sobre si acaso existen hoy cristianos abnegados, sino si acaso existen hoy plazas.

Existe, por supuesto, el tipo de lugar al que llamamos plaza. ¿Pero existe hoy algo equivalente a una plaza del mundo antiguo? Ésa es la pregunta decisiva, porque quienes predican hoy en una plaza lo hacen porque ven continuidad entre esa actividad y la predicación cristiana antigua, como la encontramos retratada, por ejemplo, en el libro de Hechos. Y ésa es la pregunta: ¿existe hoy la plaza, del modo en que entonces existía la plaza?

Que al tedeum se lo lleve el cuco | Por Manfred Svensson


Una década atrás, se usaba el Tedeum evangélico para pedir al entonces Presidente de la República un cementerio. No se trata necesariamente de la más pintoresca de las cosas dichas en uno de estos actos. Un año atrás, el evento volvió a titulares al sugerirse que –dados los avances de la agenda gay- pronto “tendremos que orientar al pedófilo”. Con todo lo distintas que pueden ser entre sí dichas declaraciones, son un buen indicador de lo que suele ser esta ceremonia. Ella acostumbra, en efecto, ofrecer una adecuada síntesis de lo enfermiza que es la relación de gran parte del mundo evangélico con la vida pública. Esta relación puede caracterizarse por una curiosa tensión entre un hablar fuerte y golpeado –se entienda o no de aquello de lo que se habla-, y al mismo tiempo caer en la adulación al gobierno de turno (por ejemplo, calificando de “indecoroso” el debate surgido por la encuesta Casen).

Con esa constante, casi la totalidad de los problemas del país ha desfilado por el templo ubicado en Jotabeche 40, desde el Transantiago a la ley de no discriminación, pasando por las demandas estudiantiles y, sí, aunque usted no lo crea, el costo de las entradas a un show de Madonna. Esa amplitud de temas puede sonar auspiciosa –sobre todo para quienes crean que reina aquí la obsesión exclusiva con temas sexuales-, pero más bien revela la misma mirada de corto plazo que se denuncia en los políticos. Resulta, en efecto, desconcertante que un púlpito esté convertido en la simple palestra para enumerar los problemas del país, en lugar de que se oiga en él algo sobre las causas profundas de tal deterioro. ¿Debemos dejar que anualmente esto se repita sin reflexión alguna? ¿Es responsable dejar que el papel de la religión en la vida pública se agote en ser un incentivo para guerra de twitteos entre dos parlamentarios?

En esta ocasión el blanco de críticas más específicas fue el poder judicial y el senador Rossi. Dado el tono de algunas de dichas críticas, no es extraño que también las respuestas hayan sido enérgicas. Algunos han descrito la situación como si los pronunciamientos de creyentes sobre la vida pública fueran una violación de los límites entre Iglesia y Estado. Para otros –como el afectado senador Rossi- estamos ante un fomento del odio, un tipo de discurso al que incluso habría que hacer responsable por sucesos como la muerte del joven Daniel Zamudio.

A la luz de una evaluación serena, ese tipo de imputación resulta ridícula: no estamos camino a un Estado teocrático, ni es probable que los asesinos de Zamudio hayan estado sobreexpuestos a sermones conservadores. El problema no es que convicciones robustas de los creyentes sean expresadas en la vida pública. Una sociedad pluralista también tiene lugar para eso.

Con todo, la sensación de que estamos ante un problema es justificada, y es una sensación compartida por muchos evangélicos (entre los que me cuento). Después de todo, también desde la perspectiva interna del cristianismo parece poco congruente el deshonrar a la autoridad, y cabe recordar que los representantes de los distintos poderes del Estado, no sólo del ejecutivo, son autoridades. El Tedeum se ha convertido en un tipo de evento al que rutinariamente estas autoridades se ven obligadas a asistir, a pesar de que prevén –si han mirado noticias los años anteriores- lo incómoda que será la situación. No importa qué se diga desde el púlpito, deben mantener un rostro impertérrito. Ya eso basta para quitar toda seriedad a la situación: aunque quien tiene el micrófono diga cosas sumamente serias y dignas de consideración, difícilmente será recibido, pues no estamos ante un oír libre. De parte del político que asiste, lo que está teniendo lugar es un acto de reconocimiento hacia los evangélicos (un reconocimiento que también tiene sus dividendos), y ese tipo de acto obliga al asentimiento o al silencio, impidiendo la consideración libre, serena y diferenciada. Que los pastores sientan que han hablado, o que el gobierno sienta que los ha escuchado –ambas conclusiones son en realidad erróneas.

Dejo a los católicos el preguntarse por las razones para mantener el Tedeum “ecuménico”. Pero para mantener el Tedeum evangélico no parece haber razón alguna. Desde luego no hay político que pueda sugerir su eliminación, pero precisamente eso confirma cuán obligados están, cuán enfermiza es esta relación. Sólo cabe pues esperar que la iniciativa venga de las propias iglesias evangélicas. Y sobran razones para que así lo quieran. Porque “eventos” como éste no han contribuido en nada a una mayor cultura cívica de los evangélicos. Con esto no quiero decir que no haya evangélicos con una alta cultura cívica. Pero tienden a ser precisamente quienes se han formado en oposición a actos como el Tedeum.

La existencia de este acto, como tal vez única instancia de la vida evangélica con amplia cobertura periodística, lo convierte en una catarsis que en lugar de estimular es capaz de incluso inhibir la participación pública seria de los evangélicos. Su eliminación, o una creciente indiferencia del mundo político y periodístico respecto de la ceremonia, contribuiría a una más sana integración de los evangélicos en nuestra vida pública.

Tal vez sea tiempo, en efecto, de repensar de un modo más profundo no sólo la existencia del Tedeum, sino toda la relación de la vida pública chilena con la religión. Tal replanteamiento no tendría por qué implicar una mayor separación de la vida pública y la fe, podría implicar incluso su mayor interacción. Porque una cosa es la separación entre el Estado y las iglesias –separación por la que hay que velar-, y una muy distinta es la relación entre la religión y la vida pública, el modo en que la religión motiva y nutre la participación política de algunos ciudadanos.  Distinguir esas dos cosas sin duda es más viable cuando los actores principales son laicos y no pastores. Pero también si los actores son laicos un sano desarrollo de esta relación entre religión y vida pública debiera dar lugar a la expresión de convicciones robustas sin que nadie se escandalice. Son otras cosas, en efecto, las que deben escandalizar respecto del Tedeum.

Sobre el autor:
Manfred Svensson es chileno, Doctor en Filosofía por la Universidad de München, profesor del Instituto de Filosofia de la Universidad de los Andes. Fuera de la Universidad se dedica sobre todo a escribir trabajos de difusión y formación general para las iglesias evangélicas. Es autor del libro "Reforma protestante y tradición intelectual cristiana" (Barcelona, 2016)



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Las iluminadas: una reacción joven y alocada | Por Manfred Svensson


Este artículo hace referencia a un tema que se generó en Chile en estos días a raíz de una parodia al mundo evangélico por parte de un programa popular de televisión local.

No sé cuántos de mis correligionarios evangélicos se habrán dado cuenta de lo especial que es este año, que empezó con el estreno de la película Joven y alocada, y que ahora nos da Las iluminadas. Debo partir por reconocer que no he visto lo uno ni lo otro, pero hasta los que nos enteramos sobre la televisión a través de la prensa escrita logramos notar que algo está pasando. Y eso que está pasando es muy bueno: que muchos se atreven a decir francamente lo que piensan del mundo evangélico, algunos de un modo algo virulento, otros en tanto de una manera entretenida (según cuentan mis amigos televidentes). ¿Será necesario decir que ambas cosas son distintas de una “persecución”?

Poquísimos años atrás, en cambio, no se encontraba ni lo uno ni lo otro. En lugar de eso, predominaba la falsa adulación (de ésa que en el fondo era puro anticatolicismo, anticatolicismo suficiente para elogiar a los evangélicos por unos cinco años, pero que no servía para nada más que eso). La fuerza que esta adulación tenía salta a la vista si se piensa en que sólo unos pocos años atrás se aprobó un “día nacional de las iglesias evangélicas” -¿se imagina alguien semejante disparate en un país protestante?- por unanimidad en el parlamento. ¡Unanimidad! ¿Habrá alguna otra materia en nuestro país respecto de la cual ningún parlamentario se haya atrevido a disentir del resto? Esa unanimidad no era una muestra de respeto, sino más bien una muestra precisamente de adulación (a mi parecer mucho más peligrosa que la actual “persecución”).  Si cosas como Joven y alocada o Las iluminadas significan el fin de la era de la adulación, tal vez la reacción correcta sea la gratitud, o al menos eso antes que la reacción joven y alocada, por decirlo así, de andar quejándose.

Universidad y pluralismo | Por Manfred Svensson

Dos hechos recientes en nuestro continente invitan a pensar sobre el modo en que la universidad se inserta en el pluralismo contemporáneo. Por una parte, la Secretaría de Estado del Vaticano ha solicitado a la Pontificia Universidad Católica del Perú que se abstenga de utilizar los títulos de pontificia y católica, pues no habría adecuado sus estatutos de un modo fiel a la constitución Ex corde Ecclesiae. Por otra parte, una catedrática que estuvo a punto de asumir el rectorado de la Universidad de Montevideo tuvo que dimitir antes de haber asumido, pues dichos suyos sobre la homosexualidad fueron recibidos con una presión social que parecía hacer inviable su asunción del cargo. Perteneciendo a otra nación, no puedo juzgar respecto de la propiedad de sus dichos a la luz de la legislación uruguaya; perteneciendo a otra confesión, no puedo juzgar cuánto se aleja la Pontificia Universidad Católica del Perú de la identidad expresada en su nombre. Pero las reacciones a estas dos situaciones nos deben interesar a todos los que valoramos la universidad y la libertad.

¿Quién estaría hoy con Hitler? Una reflexión sobre cristianismo y nacionalsocialismo | Por Manfred Svensson

Acabo de recibir For the Soul of the People, el libro que mejor documenta la resistencia de algunos grupos protestantes ante el nazismo. Literalmente, lo acabo de recibir, no lo he leído, por lo que ésta no es una reseña. Más bien quisiera, antes de leerlo, volver sobre cómo acostumbramos recibir este fenómeno, en particular a la luz de discusiones contemporáneas en que los cristianos son equiparados con los nazis, por ejemplo por adherir a la existencia de algunas normas morales carentes de excepción. Tal vez no valga siquiera la pena discutir una acusación semejante, podría con buena razón pensarse. Después de todo, se trata de una acusación vulgar, y un filósofo liberal que se encuentra a una distancia infinita del cristianismo parecería bastar como testigo: “si los nazis tuvieron algún tipo de concepción intelectual coherente, ésta no se originaba en ningún tipo de universalismo, sino […] en su rechazo a cualquier naturaleza humana en común y su recurso a la singularidad y a la historia única de los pueblos” (John Gray, en Las dos caras del liberalismo). Tiene razón Gray, pero sigue tratándose de una objeción popular, una sobre la que puede tener sentido por lo mismo detenerse. Un modo de hacerlo es volver a pensar sobre los opositores del nazismo.

La postmodernidad no existe | Por Manfred Svensson

John Caputo, ese entretenidísimo epígono de Derrida, escribió hace algunos años un libro con el título Against Ethics. Sería tal vez un error leerlo como una genuina propuesta amoralista, pues ¿quién va a confesar algo así en el título? Se trataba más bien de lo mismo que hace Derrida en su libro Dar la muerte: contar la historia del sacrificio de Isaac como el relato de un Abraham que deja atrás las normas universales para escuchar una voz particular y responder de modo responsable ante ella. Abraham es así convertido por Derrida en una suerte de “héroe de la vida diaria”, que nos permite sacar una moraleja sobre la moral. Y esta moraleja es que en realidad el actuar responsable es un actuar injustificable: el que da razones, el que se explica, el que rompe el silencio (Abraham no le dijo nada a Sara, y respondió con meras evasivas a Isaac), no está atendiendo al llamado del otro, sino actuando conforme a categorías puramente “generales” o "universales" (lo que los paleocristianos llamamos ética). Este Abraham (que nace de la lectura hecha por Derrida del Temor y Temblor de Kierkegaard), es entonces protagonista no de la historia de un sacrificio de Isaac, sino de un sacrificio de la ética. Pero un sacrificio cometido no en el altar de un amoralismo cualquiera, sino en el altar de otra ética, la de la responsabilidad.

 
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