y el mar se convirtió en sangre
como de gente masacrada,
y murió todo ser viviente que había en el mar.
El tercer ángel derramó su copa sobre los ríos
y los manantiales,
y éstos se convirtieron en sangre.
Para interpretar bien estas visiones de agua convertida en sangre, es necesario volver de nuevo a la teología bíblica de la creación.[2] Para el pensamiento bíblico, toda la creación es gracia divina, y las regularidades fieles de la naturaleza, que nosotros llamamos leyes naturales, ellos las describen como pacto de Dios con la tierra y con toda la humanidad (Gn 9:9-13; Is 54:9-10; Jer 33:20,25). Ya que estos pactos se entienden como personales, entre Dios y los humanos, y como condicionales, sujetos al cumplimiento de las condiciones del pacto, entonces, cuando nosotros desobedecemos a Dios e incumplimos esas condiciones, Dios puede comenzar a irnos quitando poco a poco las bendiciones del pacto en la creación, como el agua (Isa 15.9; 2Mac 12.16). En ese sentido, la visión apocalíptica de estas dos copas es una especie de testimonio a la inversa de la gracia de Dios en proveernos día tras día con el agua de que depende nuestra vida, y es un llamado a arrepentirnos y volver al cumplimiento de la voluntad de Dios.




