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La gracia de Dios y la generosidad humana – 2 Corintios 8 y 9


Por René Padilla, Ecuador y Argentina

Imagen: leyenda
El apóstol Pablo escribe esta carta a una iglesia profundamente afectada por la división. En su primera carta dirigida a la iglesia en Corinto pone énfasis en la división causada por rivalidades respecto a líderes, división de la cual ha recibido noticias de “algunos de la familia de Cloé”: Pablo, Apolos Cefas, Cristo (1:11-12). Sin embargo, también hay división por diferencias económicas entre creyentes ricos y creyentes pobres (ver 11:17-22). Evidentemente, en esa iglesia hay un grupo que se beneficia de la riqueza material de la ciudad, un puerto próspero. Uno de los propósitos de la segunda carta a esa iglesia es animarla (especialmente al sector más pudiente) a contribuir a la colecta que él está levantando en las iglesias del mundo gentil para los creyentes pobres en Jerusalén, colecta a la cual hace referencia en Romanos 15:26. Para esto usa una serie de argumentos, varios de los cuales son básicos para lo que podría denominarse una teología de la generosidad, cuya clave es la gracia (caris, 8:1, 4, 6, 7, 9, 16, 19; 9:8, 14, 15), es decir, el amor inmerecido. Los argumentos son los siguientes:

Misión integral y justicia social

Por René Padilla, Ecuador y Argentina


Hace muchos años leí un breve opúsculo intitulado El cristianismo y la lucha de clases: Dignidad del cristianismo e indignidad de los cristianos, escrito por Nicolás Berdiaeff (1874-1948). En ese entonces yo era parte del equipo de obreros de la Comunidad Internacional de Estudiantes Evangélicos (CIEE) en América Latina. Como tal, vez tras vez era desafiado a responder las preguntas que me planteaban estudiantes universitarios evangélicos que se sentían desarmados para enfrentar los argumentos de compañeros influenciados por la ideología marxista. En esas circunstancias, el opúsculo del distinguido filósofo ruso cristiano ortodoxo me ayudó a ver con mayor claridad algo que hasta entonces era una sospecha de creciente densidad: que a mi cristianismo, como al cristianismo de los estudiantes a quienes yo debía asesorar, le hacía falta superar su marcado individualismo heredado y profundizar su dimensión social.
 
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