“Vi un ángel que estaba de pie en el sol, y clamó a gran voz diciendo a todas las aves que vuelan en medio del cielo: «¡Venid y congregaos a la gran cena de Dios! Para que comáis carnes de reyes y capitanes y carnes de fuertes; carnes de caballos y de sus jinetes; carnes de todos, libres y esclavos, pequeños y grandes” (Apo. 19:17,18), escribió hace siglos el vidente de Patmos.
El apocalíptico Juan describe en su texto, entre otras descripciones, una escena dantesca y macabra a la que denomina “la cena de Dios”. Las aves del cielo desgarran las carnes de los muertos en el campo de batalla. “Dios ha vengado la muerte de sus siervos”, escribirá (Apo. 19:2). Ante tal escena y comprensión del actuar divino, ¿qué podemos decir?
No quiero guardar silencio ante las “historias” de terror que en muchas ocasiones describe la Biblia. Sí, son imágenes que responden a otros parámetros culturales y teológicos, pero ello no evita que produzcan en mi, y en muchos cristianos, una cierta desazón y, por qué no decirlo, cierta repugnancia. No reflejan al Dios que se manifestó a través de la buena noticia que anunció Jesús de Nazaret, Dios hecho carne.