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¡La Iglesia ha muerto!... ¡Viva la iglesia! Reflexiones para una eclesiología humilde | Por Luis Cruz Villalobos (1)



En busca de un sueño tallaron la piedra;
En busca de un sueño Dios vino a la tierra.
- Silvio Rodríguez


Como los reyes… a rey muerto, rey puesto.

La iglesia[2] ha muerto para muchas personas, sólo se observan movimientos automáticos y espasmódicos del difunto. Algunos/as opinan que no, que la iglesia sigue viva y que debe seguir siendo el estandarte absoluto de la Verdad absoluta para el mundo entero, tal como lo ha hecho por dos milenios… Otros/as piensan que la iglesia no puede morir definitivamente, pero que tampoco debe seguir viva del modo que lo ha estado.

En el presente artículo me interesa compartir algunas reflexiones sobre aquello que puede ser fundamental para un cambio vital en el Cuerpo de Cristo, para que no sea un cadáver violento o irrelevante, en medio de un mundo radicalmente necesitado y cambiante.

Esos nuevos evangélicos: Nómadas posmodernos | Por Osías Segura

Existe una masa flotante, una población evangélica, que en su mayoría aunque no exclusivamente, de jóvenes profesionales en sus treintas y cuarentas, solteros y divorciados que no tienen afiliación alguna. Estos y estas son errantes consumidores de productos y producciones religiosas. Nómadas en búsqueda de un Santo Grial, de algún Dorado, y otros del cuerno de la prosperidad.

Buscan de un cristianismo que les haga sentirse bien. Quieren disfrutar de la salvación hoy. Son dados al placer y a la buena vida. ¡Para eso han estudiado y trabajado tanto! Sin embargo, no puede ser cualquier cristianismo pues tienen un fuerte temor a cometer idolatría. Dentro de sí les invade un fuerte sentimiento de culpabilidad, un vacío que no pueden llenar fácilmente.

Las diferentes iglesias que visitan tratan de domesticarlos, pero nuestros errantes amigos ya conocen tales rituales y trucos. Esta comunidad de nómadas no tiene organización pero es real, y a su vez imaginaria, y virtual. Es una comunidad informal que por ser transitoria no deja de ser sólida. Su andar es en pequeños grupos, y sus valores posmodernos no les motiva a visitar iglesias “tradicionales”, pues le son aburridas. Les gusta lo bueno, lo nuevo, y a la moda.

Algunas reflexiones sobre una pastoral posmoderna | Por Nicolás Panotto

No quiero tomar la palabra “posmoderna” como un cliché más, como una adjetivación absolutizada donde todo cae en un mismo saco. Eso sería, paradójicamente, muy moderno. Más bien, quiero asumirla en la profundidad de su sentido, en su entidad significante como expresión que muestra un cierto quiebre, difuso pero real, con algo anterior.

Veo dos cuestiones importantes a tener en cuenta. Primero, que la pastoral cristiana evangélica está fuertemente enraizada en presupuestos o métodos que podrían determinarse como “modernos”. Esto significa, desde mi perspectiva, que dicha pastoral es negativamente antropocéntrica (con ello me refiero a que no existe una proyección del sujeto en sí para superar su status quo –como enfatiza la antropología moderna- sino un profundo individualismo tanto en el diagnóstico como en el proceso pastoral) y basada en meta-relatos de pretensión universal, que se traducen en los grandes “valores cristianos” que no son más que una caricatura de la “perfecta sociedad occidental cristiana”. Dichos valores son tanto el piso como el techo: desde ellos se evalúa y se demarca el camino a seguir.

Deconstrucción del lenguaje teológico | Por Nicolás Panotto

Es casi una verdad de Perogrullo decir que el discurso teológico requiere pasar por el mismo marco de análisis que cualquier tipo de lenguaje. Más allá de tratar con una serie de objetos muy particulares, que presentan una limitación inherente por la dificultad en la determinación de su “historicidad”, como son Dios, la fe, el fenómeno religioso, etc., su construcción parte de los imaginarios, universos simbólicos y recursos discursivos que el contexto pone a disposición.

Este es un elemento que muchas veces damos por sentado, pero que es central no sólo para alcanzar una mejor comprensión del texto en sí sino, más aún, para analizar las prácticas que emergen de él. Esto último, partiendo del hecho de que un discurso es una “práctica discursiva” encarnada en un lenguaje que intenta formar un universo simbólico que sirva como plataforma de la acción. Es así que el lenguaje siempre contiene inherentemente implicancias políticas, en el amplio sentido del término: la intervención de un grupo de hombres y mujeres en su contexto concreto, con el propósito de crear un espacio de convivencia para la atención de sus necesidades y reclamos. Para llevar esto a cabo, se crea un juego donde las prácticas son determinadas por los universos simbólicos imperantes, que también van cambiando y mutando en un desarrollo acorde a los requerimientos y necesidades del grupo. Vemos también que muchas veces sucede lo opuesto: los imaginarios simbólicos y los procesos políticos se estancan y pierden su dinamicidad, intentando cercenar o ignorar la contingencia inherente de su proyecto, institucionalidad, contextos o sujetos que lo recrean.
 
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