Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor;
pero el mayor de ellos es el amor.
1 Corintios 13.13
La evangelización es un tema complejo que despierta muchas susceptibilidades. Y no es para menos. Por diversas razones se la ha definido como imposición, proselitismo, como un tipo de discurso que debe aceptarse sin cuestionamientos, como la adhesión a una iglesia o religión, entre otras cosas. Sí, siempre se dice: “el evangelio es una forma de vivir, no una religión”. Pero del dicho al hecho, hay un abismal trecho. Los dogmas, las formas religiosas, las moralinas, pregonan por sobre la simpleza del sentido común y la vivencia cotidiana de la fe. La historia muestra muchos ejemplos que respaldan estas comprensiones, y la distorsión y daño que han traído en muchos sentidos. Nada de buenas nuevas; pura muerte y malas noticias. Pero a veces esos cuestionamientos, aunque totalmente veraces, nos pueden llevar a ser reacios con el tema, sin profundizar en sus riquezas y valores.
Hay muchas resignificaciones que son necesarias hacer, ya que el término “evangelizar” está viciado y cargado de sentido por su bagaje histórico, tal como recién mencionamos. Es interesante notar que en el NT encontramos 52 menciones de “dar o compartir las buenas nuevas”, mientras que “evangelista” –un término que refiere más a una función institucionalizada- aparece solo 3 veces. Como todo en la vida, parece que ciertos elementos se tornan resistentes cuando se sedimentan y pierden la frescura del proceso o la no definición estricta que conlleva el simple “compartir”, sin una forma única.