
Con la palabra “conservador” ocurren muchas cosas curiosas, que en parte pueden ser vistas con solo echar una mirada a un par de iglesias evangélicas. En efecto, no es nada extraño que en el mundo evangélico iglesias con una liturgia muy tradicional sean denostadas con el epíteto de conservadoras; pero también son las iglesias litúrgicamente más “modernas” las que una y otra vez son calificadas de conservadoras por las posiciones que muchas veces sostienen en discusiones morales. En efecto, el protestantismo presenta en muchos casos esta peculiaridad: parece (si bien no siempre es así) que a mayor conservadurismo litúrgico, mayor liberalismo moral, y viceversa. Supongo que a muchos católicos esto les debe resultar otro aspecto incomprensible (¡otro más!) del protestantismo: en la Iglesia Católica al menos se puede presumir que quien sigue el rito tridentino sigue también las enseñanzas de la encíclica Humanae Vitae; entre nosotros, en cambio, cualquier observador superficial podría imaginar que es exactamente al revés (y tendrá razón en un buen número de casos). Quienes intenten explicar esto, pueden responder que la cuestión se resuelve de un modo sencillo: la mayoría de los evangélicos está simplemente usando las formas de expresión y las tecnologías más avanzadas, para llevar adelante la difusión del mensaje antiquísimo de nuestra creación, caída y redención. Serían algo “progre” respecto de la forma, pero conservadores respecto del fondo -y en eso no habría problema alguno. Salvo, por supuesto, que tal separación de forma y fondo no sea tan sencilla como parece.